Doce segundos entre el cielo y el infierno
Eran más de las tres de la madrugada en España y la casa dormía. En el salón, completamente a oscuras, la única luz era la que proyectaba el televisor, sintonizado en Canal+. El volumen estaba lo bastante bajo como para no despertar a nadie, pero dentro de mí no había nada parecido al silencio. El corazón iba desbocado, las manos sudaban y cada segundo parecía pesar más que el anterior. A miles de kilómetros de Miami, sentado en un sofá y tratando de contener hasta la respiración, estaba viendo a los New Orleans Saints jugar la Super Bowl XLIV. Y quedaban exactamente 3 minutos y 24 segundos.
Los Saints mandaban 24-17, pero aquello no se sentía como una ventaja. Al menos no para quien conozca la historia de esta franquicia. Habíamos esperado demasiado, sufrido demasiado y aprendido demasiadas veces que, cuando eres de los Saints, jamás puedes dar nada por hecho antes de que el reloj marque cero. Y enfrente estaba Peyton Manning. Precisamente Peyton Manning. El hombre al que menos querías ver con el balón en las manos cuando todavía quedaba una Super Bowl por decidir.
Indianapolis había avanzado hasta la yarda 31 de Nueva Orleans. Tercera y cinco. Solo cinco yardas. Es extraño cómo puede cambiar el significado de una distancia dependiendo del momento. Cinco yardas no son nada en un campo de football, pero aquella madrugada parecían un abismo. Cinco yardas para mantener vivo el ataque de los Colts. Cinco para acercarse todavía más a nuestra end zone. Cinco para dejar a Manning a las puertas de empatar el partido. Cinco para devolvernos de golpe todos los miedos acumulados durante décadas.
En el salón nadie decía nada porque, sencillamente, no había nadie despierto a quien decirle nada. La familia dormía mientras yo permanecía clavado frente al televisor, pendiente de cada movimiento de Manning, escuchando en voz baja la retransmisión de Canal+ y sintiendo una angustia difícil de explicar a quien nunca haya visto jugar una Super Bowl a su equipo después de esperar toda una vida para llegar hasta allí. Era una de esas noches en las que el mundo parece reducido al rectángulo luminoso de una pantalla. Fuera de ella no existía nada.

Manning se colocó en shotgun. Austin Collie comenzó su movimiento antes del snap. Y Tracy Porter vio algo. Lo había estudiado durante la semana. Había repasado aquellas formaciones de Indianapolis, había observado las tendencias ofensivas de los Colts y conocía la relación entre aquel movimiento previo y las rutas que Peyton Manning podía buscar en una situación de tercer down. Reggie Wayne necesitaba ganar apenas cinco yardas y Porter sabía que una ruta rápida hacia dentro era una posibilidad muy real.
Nosotros, desde España, no sabíamos nada de aquello. Nosotros solo veíamos a Peyton Manning detrás del center y esperábamos.
Llegó el snap. La defensa de Nueva Orleans comenzó a presionar y Manning hizo lo que había hecho miles de veces durante su carrera: recibió, leyó y decidió en una fracción de segundo. Reggie Wayne inició su ruta y cortó hacia el interior buscando el espacio necesario para conseguir el primer down. Manning armó el brazo y lanzó.
Desde la cámara de televisión, durante un instante, el pase parecía destinado a Wayne. Y en ese instante estabas preparando mentalmente el siguiente down. Pero Tracy Porter ya había entendido la jugada. No reaccionó cuando el balón salió de la mano de Manning. Había reaccionado antes. Confió en todo aquello que había visto durante horas de vídeo y atacó el lugar al que sabía que iba a llegar el pase. No esperó a que Wayne recibiera para tratar de placarlo después. Se adelantó a la ruta.
Apareció delante del receptor. Y el balón terminó en sus manos. Intercepción. La palabra tarda mucho más en escribirse de lo que tardó nuestro cerebro en comprenderla.
Recuerdo el sobresalto, el movimiento instintivo de levantarme del sofá y ese primer grito que tienes que tragarte porque son más de las tres de la mañana y toda la casa está durmiendo. Quieres celebrarlo, quieres pegar un salto, quieres hacer exactamente lo contrario de lo que puedes hacer en ese momento. Así que aprietas los puños, contienes la voz y miras la pantalla. Porque Porter sigue de pie. Y la jugada no ha terminado. Ahí empieza algo difícil de describir. Durante los primeros pasos todavía piensas como piensa cualquier aficionado sensato: protege el balón, no hagas ninguna tontería, aseguremos la posesión, dejemos que Drew Brees vuelva al campo y que corra el reloj. Pero Porter levanta la cabeza. Y empieza a correr.

Entonces ves espacio. Mucho espacio. Y de repente dejas de pensar en asegurar la posesión. Porter acelera, los jugadores de Nueva Orleans empiezan a aparecer delante de él y la defensa que unos segundos antes intentaba impedir el empate se convierte ahora en una escolta improvisada hacia la otra punta del campo. Los Colts reaccionan tarde, desordenados, tratando de perseguir a un hombre que acaba de robarles algo mucho más importante que un pase.
Y el salón, que hasta unos segundos antes era una habitación silenciosa en mitad de la madrugada española, se convierte para ti en el lugar más ruidoso del mundo aunque físicamente no puedas hacer ruido. Porque ya lo ves. Porter puede llegar.
Peyton Manning intenta incorporarse a la persecución. Hace apenas unos segundos era él quien estaba a punto de conducir a Indianapolis hacia nuestra end zone y ahora corre desesperadamente intentando impedir que aquella intercepción termine en touchdown. Will Smith aparece en su camino, lo aparta de la jugada y Manning queda atrás. Porter sigue corriendo.

Y ahí se produce el cambio. Ese instante en el que todavía no ha ocurrido, pero sabes que va a ocurrir. La angustia empieza a desaparecer y algo completamente diferente comienza a subir desde el estómago hasta la garganta. Ya no estás mirando una intercepción. Ya no estás pensando en una tercera y cinco. Estás mirando hacia el fondo de la pantalla porque allí aparece la end zone y Tracy Porter tiene delante de sí un camino hacia ella.
La pantalla de Canal+ ilumina el salón. La casa continúa dormida. Y tú estás de pie delante del televisor, con los puños cerrados, intentando no despertar a nadie mientras por dentro estás gritando como si te encontrases en mitad del Superdome.
Porter sigue avanzando. Cada zancada parece alejar a los Saints de todas las derrotas anteriores y acercarlos a algo que durante décadas había parecido reservado para los demás. Aquella carrera empieza a dejar de pertenecer únicamente al número 22. Corren con él los años perdedores, los viejos “Aints”, las bolsas de papel en las cabezas de los aficionados, las temporadas interminables, los sueños aplazados y todos aquellos seguidores que habían esperado sin saber si algún día verían a los Saints jugar una Super Bowl, mucho menos ganarla.
Y lo más extraño es que todo ocurre muy deprisa y muy despacio al mismo tiempo. Porter está corriendo a toda velocidad, pero para ti cada metro dura una eternidad. Porque sabes lo que hay al final.
Porter entra en la end zone. Touchdown. Y allí, en España, en un salón en penumbra, sucede algo que no tiene nada que ver con las estadísticas.

No puedes gritar todo lo que quieres porque la casa duerme. No puedes abrazar a nadie porque estás solo. No puedes salir corriendo por la calle a celebrar nada porque fuera es plena madrugada y seguramente casi nadie sabe siquiera lo que acaba de ocurrir en Miami. Así que te quedas allí. De pie. Mirando la televisión. Con una sonrisa que no cabe en la cara. Con una felicidad tan enorme que literalmente parece no caberte dentro del cuerpo.
Quieres reír. Quieres llorar. Quieres despertar a todo el mundo y explicarles que acaba de pasar algo que llevabas años esperando, aunque probablemente ninguno entendiera por qué significa tanto. Quieres llamar a alguien, saltar, gritar, abrazar la televisión si hace falta. Pero no haces nada de eso. Simplemente miras. Porque a veces la felicidad también puede ser silenciosa.
El reloj marca 3:12. La jugada había comenzado en 3:24. Doce segundos. Eso fue todo. Doce segundos entre ver a Peyton Manning amenazando con empatar la Super Bowl y contemplar a Tracy Porter entrar en la end zone después de recorrer 74 yardas. Doce segundos entre el miedo y la certeza. Entre pensar que todavía podía escaparse todo y empezar a comprender que aquello podía ser nuestro.
El extra point colocaría el 31-17. Todavía quedaba partido, todavía Manning volvería a tener el balón y nadie había entregado aún el Lombardi. Pero aquella madrugada, sentado a miles de kilómetros de Nueva Orleans, ya podías sentir algo diferente. Era como si después de tantos años llamando a la puerta alguien la hubiera abierto por fin.
Y quizá por eso aquella jugada sigue siendo mucho más que un pick-six de 74 yardas. Para mí siempre será aquel salón oscuro. Canal+ iluminando la habitación. Toda la casa en silencio. La madrugada española. Peyton Manning soltando el balón. Tracy Porter apareciendo delante de Reggie Wayne. Y después aquella carrera. Aquella interminable, maravillosa carrera.
A las 3:24 estábamos mirando al infierno. A las 3:12, Tracy Porter cruzó la end zone. Y allí, solo frente al televisor, intentando no despertar a nadie mientras por dentro explotabas de felicidad, comprendiste que algunas veces el cielo no hace ruido. A veces el cielo llega de madrugada, en silencio, desde una televisión encendida a miles de kilómetros de Nueva Orleans. Y aquella noche llevaba el número 22.

