El hombre que siempre volvía
Un relato de Halloween de Mundo Saints. Ficción y sátira deportiva.
La noche en que desaparecieron las salidas del Superdome, Nueva Orleans se preparaba para celebrar un cumpleaños.
Sesenta años.
Sesenta años desde aquel 1 de noviembre de 1966 en que la ciudad recibió una franquicia y un nombre que parecía elegido por el calendario. Los Saints nacieron el Día de Todos los Santos. Quizá por eso nadie se sorprendió demasiado cuando, sesenta años después, los muertos quisieron acercarse a ver cómo iba lo suyo.
Lo que encontraron no les gustó.
A las once y diecisiete de la noche del 31 de octubre me llegó un mensaje al móvil.
«Si quieres entender esta temporada, entra por la puerta de servicio. Ven solo».
Pensé que era una broma. En Nueva Orleans, durante Halloween, hasta las bromas llevan una segunda intención.
Debajo había una fotografía del Superdome.
Todas las luces estaban apagadas salvo una.
Una ventana, arriba del todo.
Llevaba semanas intentando explicar derrotas, protecciones que se rompían, ataques que parecían arrancar con el freno echado y partidos en los que la esperanza duraba menos que una cerveza fría en agosto. Cada domingo encontraba una jugada para pensar que algo podía cambiar.
Cada lunes me sentía un poco más idiota.
Así que fui.
La puerta estaba abierta.
Dentro olía a hormigón húmedo y a palomitas viejas. Desde algún lugar llegaba una trompeta. Tocaba las primeras notas de When the Saints Go Marching In, pero siempre se detenía antes de terminar la frase.
Junto a los ascensores había un vigilante.
—Vengo por un mensaje.
No levantó la mirada.
—Todos vienen por algo.
Sobre su mesa descansaba un periódico amarillento. La fecha era del año de fundación de la franquicia.
—¿Hay alguien arriba?
El vigilante apretó los labios.
—Todavía.
Me tendió una acreditación sin nombre.
VISITANTE. TEMPORADA SIGUIENTE.
—Yo vengo por esta temporada.
Por primera vez me miró.
—Eso dicen todos.
El ascensor subió sin que tocara ningún botón.
En el espejo, durante un instante, vi a alguien detrás de mí.
Una persona sentada en una grada vacía, con una bolsa de papel cubriéndole la cabeza.
Me giré.
No había nadie.
Al abrirse las puertas encontré un pasillo lleno de fotografías. Equipos, jugadores, celebraciones. Me detuve ante una imagen de la noche de la Super Bowl.
Aquello sí lo recordaba.
La alegría. Los abrazos. Esa sensación de que una ciudad entera, después de tanto, tenía derecho a ganar.
Entonces oí un golpe en el cristal.
Una de las personas de la fotografía había dejado de celebrar.
Estaba mirando hacia el fondo del pasillo.
Seguí su mirada.
Una puerta acababa de cerrarse.
En la primera sala había sesenta velas alrededor de una tarta negra y dorada.
FELIZ ANIVERSARIO, NEW ORLEANS SAINTS.
Las llamas se inclinaron hacia mí aunque no corría aire.
En una pared colgaba una pantalla con el último partido. Reconocí la formación ofensiva, el movimiento antes del snap, el defensor que se acercaba a la línea.
Sabía cómo terminaba aquella jugada.
—Mira el lado derecho —dijo alguien.
Había un hombre al otro extremo de la mesa. Llevaba la camiseta de los Saints y sostenía un vaso vacío.
La presión entró por el lado derecho.
El quarterback cayó.
La pantalla volvió al principio.
La misma formación.
El mismo movimiento.
El mismo golpe.
—¿Cuánto llevas aquí? —pregunté.
El hombre contempló su vaso.
—Al principio discutía de quién era la culpa.
La jugada se repitió.
—Ahora solo espero que alguna vez recojan al defensor.
Salí antes del siguiente snap.
El pasillo había cambiado.
Donde estaba el ascensor había una pared.
Probé una puerta. Cerrada.
La siguiente también.
Al fondo apareció una mujer con un manojo de llaves. Arrastraba una papelera llena de confeti negro y dorado.
—Necesito salir.
—Antes de medianoche —dijo.
Miré el teléfono.
23:46.
—¿Qué ocurre a medianoche?
La mujer dejó de andar.
Desde el piso superior llegó un ruido suave.
Un cajón abriéndose.
Después, el roce de una silla.
La mujer apagó su linterna.
—Se pone a trabajar.
La seguí por una escalera estrecha.
Mientras subíamos, me contó que habían preparado una celebración especial por los sesenta años. Antiguos jugadores, empleados, aficionados de todas las épocas. Incluso algunos que ya no estaban.
—¿Y qué ha pasado?
—Él ha dicho que todavía falta algo.
—¿Quién?
La mujer se detuvo ante un rellano.
—Nunca lo vemos llegar. Cuando encendemos las luces, ya está dentro.
En la puerta había marcas de uñas.
Por debajo asomaba una esquina de papel.
La recogí.
Era una entrada.
La fecha correspondía al próximo año.
En el reverso alguien había escrito:
NO VUELVAS A CREERLE.
Arriba se escuchaban pasos.
Pausados.
No había golpes contra las puertas ni gritos. Quien caminaba al otro lado parecía conocer el edificio demasiado bien para tener prisa.
La mujer me agarró del brazo.
—Si te habla de lo que viene después, no contestes.
—¿Después de qué?
Pero ya estaba bajando.
La luz del rellano se apagó.
Quedé solo ante la puerta.
Entonces sonó mi móvil.
Un mensaje nuevo.
«Pasa. Ya casi lo tenemos».
El despacho tenía una ventana hacia el campo.
Abajo, las gradas estaban llenas.
Miles de figuras inmóviles ocupaban sus asientos. Vi camisetas antiguas, caras pintadas, collares de Mardi Gras. Un niño abrazaba un balón junto a un hombre con una bolsa de papel sobre la cabeza.
Todos miraban hacia mi ventana.
Sobre la mesa había una tarta pequeña con dos velas.
Un seis.
Un cero.
Alguien las encendió desde la oscuridad.
—Bonito aniversario —dije, sin saber por qué.
El hombre no respondió.
Frente a él se amontonaban carpetas. Algunas estaban abiertas. Otras tenían las esquinas gastadas de tanto pasar de una pila a otra.
Vi una palabra escrita en varias pestañas.
FUTURO.
El reloj marcó las once y cincuenta y nueve.
—La gente de ahí abajo quiere saber cuándo va a cambiar esto.
El hombre apoyó una mano sobre una carpeta.
—Estamos trabajando en ello.
Su voz me resultaba familiar.
Demasiado.
Dio un paso hacia la luz de las velas.
Y por fin le vi la cara.
Mickey Loomis.
Durante unos segundos no dije nada.
Había subido preparado para encontrar cualquier cosa. Una aparición. Un brujo. Algún espíritu que llevara décadas alimentándose de nuestra paciencia.
Loomis sacó una silla.
—Siéntate. Puedo explicártelo.
Miré las carpetas. Las fechas avanzaban año tras año.
Abrí la más cercana.
Estaba llena de páginas arrancadas de las demás.
—Esto ya lo hemos visto.
Loomis sonrió apenas.
—Ahora podemos mover algunas cosas.
Detrás de él, en el reflejo de la ventana, vi que la puerta del despacho había desaparecido.
Las campanas dieron las doce.
Primero las cercanas. Después las del resto de la ciudad.
Uno de noviembre.
Sesenta años de Saints.
En el campo se encendió el marcador.
BIENVENIDOS A LA PRÓXIMA TEMPORADA.
Desde las gradas comenzó un cántico.
—Who Dat…
Miles de voces. Algunas jóvenes. Algunas agotadas. Otras parecían llegar desde muy lejos.
Me acerqué al cristal.
El niño seguía abrazando su balón.
El hombre de la bolsa se la quitó lentamente.
Debajo había otra.
Loomis deslizó un documento hacia mí.
—Solo necesitamos un poco más de tiempo.
Desperté en casa con el teléfono en la mano.
Era de día.
Desde la calle llegaba música. Nueva Orleans celebraba el aniversario y alguien había colgado una bandera negra y dorada en el balcón de enfrente.
Me reí solo.
Una pesadilla. Eso era todo.
Entonces encontré la acreditación sobre la mesilla.
Le di la vuelta.
Alguien había escrito una frase donde antes no había nada.
TU SALIDA SE HA APLAZADO AL AÑO QUE VIENE.
El móvil vibró.
Un mensaje del mismo número.
«Buenas noticias. Hemos conseguido más margen».
Y, en algún lugar de la casa, oí abrirse un cajón.
