TAYSOM HILL: EL HOMBRE QUE SE NEGÓ A TENER UNA SOLA POSICIÓN
El 29 de julio de 2026 llegó una de esas noticias que uno sabe que tarde o temprano van a producirse, pero que no por esperadas duelen menos. Taysom Hill anunció que no volvería a jugar con los New Orleans Saints. No dijo que se retiraba, ni cerró definitivamente la puerta a continuar su carrera en otro lugar; simplemente confirmó que su historia en Nueva Orleans había terminado después de nueve temporadas. Y reconozco que, entre todas las despedidas que hemos vivido en estos años, ésta me toca especialmente. Porque Taysom nunca fue solamente un jugador al que me gustara ver. Fue uno de esos Saints a los que terminé buscando en el campo casi de manera inconsciente, el número 7 que aparecía entrando al huddle y conseguía que inmediatamente pensara lo mismo: ojo, que entra Taysom; ahora puede pasar cualquier cosa.
Para contar su historia hay que regresar a 2017, aunque antes conviene detenerse un momento en BYU, porque allí empezó a entenderse que aquel muchacho de Idaho no iba a tener una carrera normal. Hill jugó como quarterback y terminó su etapa universitaria con 6.929 yardas de pase y 43 touchdowns, añadiendo 2.815 yardas y 32 touchdowns corriendo. Eran números magníficos, pero su nombre llegó a la NFL acompañado también por demasiadas lesiones graves y por una edad superior a la habitual en los jugadores que dan el salto al profesionalismo. El resultado fue cruel y bastante poco glamuroso: durante las siete rondas del Draft de 2017 nadie pronunció su nombre. Taysom Hill no fue elegido por ningún equipo.
Green Bay decidió darle una oportunidad como agente libre y durante aquella pretemporada dejó suficientes destellos para hacer pensar que podía tener sitio en la NFL. Pero los Packers necesitaban ajustar su plantilla y el 2 de septiembre lo cortaron con la intención de recuperarlo posteriormente para su equipo de prácticas. Nunca tuvieron esa oportunidad. Un día después, los Saints lo reclamaron de la lista de descartes y Taysom Hill llegó a Nueva Orleans casi de puntillas, sin focos, sin una elección alta del Draft que justificara tener paciencia con él y, desde luego, sin que nadie pudiera imaginar que acababa de comenzar una de las carreras más extrañas y entrañables que hemos visto con una flor de lis en el casco.

Lo curioso es que Sean Payton no comenzó tratándolo como al futuro quarterback de los Saints. Hizo algo bastante más interesante: decidió averiguar de cuántas formas diferentes podía utilizarlo.
Su primera temporada fue casi exclusivamente en equipos especiales, esa parte del football que normalmente pasa desapercibida hasta que algo sale mal. Y ahí estaba un quarterback persiguiendo retornadores y realizando placajes como si llevara toda la vida haciéndolo. Aquello ya debería habernos dado una pista. Taysom no parecía preocupado por la etiqueta que aparecía junto a su nombre en la plantilla. Si había que placar, placaba; si había que bloquear, bloqueaba; y si para seguir formando parte de los Saints tenía que convertirse en el jugador más raro de toda la NFL, no parecía tener ningún inconveniente.
En 2018 Sean Payton empezó a abrir de verdad la caja de herramientas. Hill aparecía como quarterback, corría con el balón, retornaba kickoffs, bloqueaba y seguía participando en equipos especiales. Poco a poco dejó de ser una curiosidad y empezó a convertirse en un problema para las defensas. El mejor ejemplo llegó en Tampa Bay. Los Saints perdían 14-3 y el ataque estaba completamente atascado cuando los Buccaneers se dispusieron a realizar un punt. Taysom atravesó la protección y bloqueó la patada. Nueva Orleans recuperó el balón en una posición magnífica, anotó inmediatamente después y aquel partido cambió por completo hasta terminar 28-14 para los Saints. No lanzó el touchdown, no lo corrió y ni siquiera tocó el balón después del bloqueo, pero había dado la vuelta al encuentro. Eso también era Taysom Hill.
Y ahí nació esa sensación que nos acompañaría durante años.
CUANDO LA NAVAJA SUIZA ENTRA AL CAMPO, ALGO VA A SUCEDER

No recuerdo otro jugador de los Saints cuya simple entrada al terreno de juego generase tanta curiosidad. Con Brees sabías que iba a dirigir el ataque. Con Kamara esperas una carrera o una recepción. Con Michael Thomas esperabas el pase. Pero cuando veías aparecer el número 7 no sabías exactamente qué demonios estaba preparando Sean Payton. Y lo maravilloso es que muchas veces tampoco lo sabía la defensa.
Thanksgiving de 2019 contra Atlanta quizá sea una de las mejores fotografías de toda su carrera. Primero participó en el bloqueo de un punt. Después Drew Brees le encontró para un touchdown de recepción de tres yardas. Y poco antes del descanso, en un tercer down, se colocó como QB, recibió el balón, encontró espacio y salió disparado para un touchdown terrestre de 30 yardas. En una misma mitad había hecho daño como jugador de equipos especiales, receptor y corredor desde la posición de quarterback. Si alguien quiere entender qué significaba aquello de la Navaja Suiza, que vea ese partido.
Pero incluso aquella noche se queda corta para explicar hasta dónde podía llegar.
En enero de 2020 los Saints se enfrentaron a Minnesota en playoffs. Fue una de esas derrotas que todavía escuecen, pero dentro de aquel partido gris apareció Taysom intentando arrastrarnos hacia delante de todas las maneras posibles. Lanzó un pase de 50 yardas a Deonte Harris, corrió para otras 50 y recibió de Drew Brees un touchdown de 20 yardas. Mientras buena parte del ataque sufría, él parecía empeñado en negarse a aceptar que la temporada terminaba allí. No consiguió evitar la derrota, pero recuerdo aquel partido precisamente porque resume muy bien por qué me fui encariñando tanto con él: Taysom daba la impresión de que, mientras quedara una posibilidad, iba a intentar encontrarla aunque tuviera que convertirse en tres jugadores distintos para hacerlo.
Después llegó la pregunta inevitable. ¿Podía aquel maravilloso comodín ser realmente un quarterback titular?
La respuesta llegó cuando Drew Brees se lesionó en 2020. Sean Payton tenía a Jameis Winston disponible, pero eligió a Hill, y naturalmente su primer partido como titular tenía que ser contra los Falcons. Taysom completó 18 de 23 pases para 233 yardas y añadió dos touchdowns corriendo en la victoria 24-9. Nunca fue un pasador del nivel de Brees —compararlo con Drew sería tan absurdo como exigir a un trompetista callejero de Bourbon Street que sea Louis Armstrong—, pero tampoco fue aquella caricatura de quarterback incapaz de lanzar que algunos quisieron vender. Terminó siendo titular en nueve partidos de NFL y los Saints ganaron siete de ellos. ¿Que las victorias no son únicamente responsabilidad del quarterback? Por supuesto. Pero un balance de 7-2 tampoco se consigue por accidente.
Lo mejor es que cuando parecía que por fin habíamos descubierto qué era Taysom, volvíamos a equivocarnos.
Sean Payton se marchó después de 2021 y los Saints decidieron utilizarlo oficialmente más como tight end, pero aquello tampoco consiguió domesticarlo. En realidad, llamar tight end a Taysom era simplemente elegir una casilla para rellenar un formulario. Seguía apareciendo detrás del center, seguía corriendo, seguía lanzando y seguía participando en equipos especiales.
Y entonces llegó Seattle en 2022.
Ese día la Navaja Suiza decidió abrir todas sus hojas a la vez.
Corrió nueve veces para 112 yardas y tres touchdowns, incluida una carrera de 60 yardas que puso al Superdome en pie. Pero como hacer eso parecía demasiado convencional para él, en su único pase del partido encontró a Adam Trautman para otro touchdown. Cuatro touchdowns producidos por el mismo hombre: tres con las piernas y uno con el brazo. Seattle sabía perfectamente que cuando Hill se colocaba detrás del center había muchas posibilidades de que corriera. El problema era que saberlo y detenerlo eran dos cosas completamente diferentes.
Ésa ha sido quizá la faceta que menos se ha valorado de Taysom. Durante años escuchamos que era un jugador de trucos, una extravagancia de Sean Payton, un quarterback que no era realmente quarterback o un tight end que tampoco era realmente tight end. Y seguramente todas esas afirmaciones contenían una pequeña parte de verdad, pero juntas cometían una injusticia enorme: valoraban a Taysom por aquello que no era en vez de valorar todo lo que sí era capaz de hacer y lamentablemente a día de hoy sigue sucediendo para los que lo admiramos como jugador.
Porque no era un quarterback de élite, pero podía ganar partidos como quarterback. No era un running back convencional, pero terminó corriendo para 2.551 yardas y 34 touchdowns. No era un receptor puro, pero atrapó 110 pases para 1.034 yardas y 11 touchdowns. Y cuando lanzaba terminó acumulando 2.426 yardas y 12 touchdowns de pase. A todo eso hay que añadir retornos, placajes, bloqueos y años enteros haciendo el trabajo oscuro de equipos especiales que rara vez aparece en una tabla estadística. En 2025 terminó convirtiéndose en el único jugador de la era Super Bowl que ha superado las 1.000 yardas de pase, carrera y recepción a lo largo de su trayectoria. Intentar meter una carrera así dentro de una única posición es sencillamente imposible.

Y todavía tuvo que regalarnos una última historia de resistencia.
En diciembre de 2024, con 34 años, sufrió una grave lesión de rodilla contra Los Angeles Rams. Para muchos jugadores de su edad habría sido el final lógico. Para Taysom, después de toda una vida deportiva levantándose de lesiones, significó otra rehabilitación. Regresó en 2025 y, aunque ya no pudo tener el protagonismo de temporadas anteriores, volvió a jugar trece partidos. El 21 de diciembre, contra los Jets, tuvo uno de esos encuentros que parecían escritos expresamente para despedirse del Superdome a su manera: corrió para 42 yardas, recibió para 36 y lanzó un touchdown de 38. Aquella actuación le permitió completar definitivamente la extraordinaria marca de superar las mil yardas en las tres facetas ofensivas. Sus compañeros, además, lo eligieron para recibir el Ed Block Courage Award, reconocimiento a la valentía y capacidad de superación ante la adversidad.
Y entonces regresamos al principio.
Julio de 2026.
El mensaje de despedida.
Nueve temporadas después de llegar como un quarterback descartado por Green Bay, Taysom Hill dijo adiós a Nueva Orleans. No sabemos todavía si será un adiós al football. Puede que vuelva a jugar y existe incluso la posibilidad de que termine reuniéndose nuevamente con Sean Payton en Denver. Si sucede, no me dolerá verlo con otro uniforme. Me resultará extraño, muchísimo, pero no me dolerá, porque hay jugadores que después de dar todo lo que tienen por tu equipo se ganan también el derecho a elegir cómo quieren escribir la última página de su carrera.
Si vuelve a correr con otro casco, esperaré que le vaya bien.
Si vuelve a lanzar un touchdown, sonreiré.
Y si algún día juega contra nosotros, desearé que pierda, naturalmente —uno puede querer mucho a Taysom pero tampoco hace falta perder completamente la cabeza—, aunque jamás podré tratarlo como a un rival cualquiera.
Porque existen jugadores que pasan por los Saints y existen jugadores que se convierten en Saints.
Taysom pertenece a los segundos.
Se ganó ese lugar bloqueando punts cuando teóricamente era quarterback, bajando el hombro contra linebackers, recibiendo pases, lanzándolos, corriendo por el centro como si pesara veinte kilos más, aceptando cada nuevo papel que le pidieron y regresando una y otra vez después de que su cuerpo le recordara lo brutal que puede llegar a ser este deporte. Nunca exigió que el equipo se adaptara a él; fue él quien pasó nueve años adaptándose a cualquier cosa que los Saints necesitaran.
Quizá por eso me cuesta tanto despedirme.
Porque cuando piense dentro de unos años en aquella generación de los Saints, recordaré naturalmente a Brees, a Kamara, a Cam Jordan, a Michael Thomas, a Ingram y a tantos otros. Pero habrá una imagen diferente que seguramente me provoque una sonrisa antes que ninguna otra: el número 7 corriendo hacia el campo y toda la defensa rival mirando alrededor intentando averiguar dónde iba a colocarse.
Yo también lo miraba.
Pero por un motivo completamente distinto.
Lo miraba porque era uno de mis jugadores favoritos y porque sabía que, mientras Taysom estuviera allí, merecía la pena prestar atención a la siguiente jugada.
Quizá correría.
Quizá lanzaría.
Quizá recibiría.
Quizá bloquearía.
O quizá haría alguna de esas cosas que solamente Taysom Hill parecía capaz de convertir en normales.
Y ahora que se marcha entiendo que ése será su verdadero legado en Nueva Orleans. No una posición, ni una estadística, ni siquiera aquel maravilloso récord de las mil yardas.
Será aquella sensación.
Cuando la Navaja Suiza entraba al campo, algo iba a suceder.

Durante nueve años sucedieron muchas cosas.
Y tuvimos la suerte de que sucedieran con nuestra camiseta, con nuestro número 7, bajo las luces del Superdome y con una flor de lis en su casco.
Puede que Taysom Hill vuelva a jugar en otro lugar. Si lo hace, seguirá teniendo mi respeto, porque ese respeto se lo ganó cada domingo sobre el césped.
Pero hay algo que ningún otro equipo podrá llevarse.
La parte de Taysom que se quedó en Nueva Orleans.
Ésa ya pertenece a la ciudad, a los Saints y a todos los que alguna vez sentimos que nuestro corazón latía un poquito más deprisa cuando veíamos aparecer al número 7.
Gracias, Taysom.
Vayas donde vayas, para algunos de nosotros siempre serás aquel hombre que no necesitaba una posición para ser imprescindible.
Y, sobre todo, siempre serás uno de los nuestros.
Who Dat.
